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El carnicero atlante - VI. “La tercera abertura”

El viejo se movía como una anguila. El carnicero iba atrás y le costaba mantener el ritmo. Por fin el viejo dejó de nadar. Habían alcanzado una pequeña sala con tres aberturas en la parte posterior. El viejo le preguntó cuál había sido su crimen y el carnicero no respondió. El viejo asintió y le dijo que no importaba, que mirara hacia adelante y que tanto el tiempo como el espacio eran curvos.

El carnicero lo miró con cierto recelo y el viejo empezó a contar su historia. Él también había sido condenado a muerte y había logrado sobrevivir junto a sus dos hermanos. Cerca de la costa había perdido uno de los brazos, arrancado por una gaviota negra de vetas verdes. El otro se lo había llevado el calamar gigante a las profundidades de la laguna interior.

El viejo hizo una pausa, señaló con la cabeza las tres aberturas y siguió hablando. Sus hermanos lo cuidaron y protegieron hasta que aprendió a nadar como una anguila. Cuando llegó el momento, decidieron que los dos atlantes sanos seguirían su camino a través de las dos primeras aberturas. Si no volvían, algo habría salido mal y él debería recomendarle a cualquier visitante nuevo seguir la tercera.  

El carnicero entrecerró los ojos. Había algo en el viejo que no le gustaba. Se acercó a la abertura y entró. Estaba oscuro. Dejó al viejo atrás y trató de acostumbrarse al nivel de luz. Nadó un rato y en un momento creyó distinguir un pequeño pez carroñero. Trató de retroceder pero ya era tarde. Dos mantarrayas vampiro se levantaron del suelo y comenzaron a nadar a su alrededor. No podía dejar que lo abrazaran, las mantarrayas lo mantendrían paralizado hasta chuparle toda la sangre y los peces carroñeros devorarían su cadáver.

La primera mantarraya lo atacó y alcanzó a evadirla con un giro. Aprovechó el movimiento para darle una patada en el lomo y estrellarla contra la pared de la abertura. La segunda mantarraya lo atacó y logró abrazarle la otra pierna. Lanzó un alarido. La sangre que brotó de la pierna excitó a los peces carroñeros. Fue ahí que lo vio. El viejo atlante al que le faltaban los dos brazos se acercaba a toda velocidad mostrando los dientes en una mueca espantosa.

Era una trampa. La historia de las tres aberturas había sido sólo un truco para poder devorarlo. El carnicero no sentía la pierna y el efecto había comenzado a propagarse por el resto del cuerpo. Sin pensarlo demasiado, se dobló hacia adelante y arrancó con los dientes la cabeza de la mantarraya. La presión en la pierna cedió y con el brazo derecho tomó al animal del lomo. Alcanzó a moverse a un costado y el viejo le arrancó un buen pedazo de carne del hombro izquierdo con una feroz dentellada. 

Cuando el viejo lo volvió a atacar, usó la mantarraya para tomarlo del cuello. El viejo mordisqueba con violencia y el atlante apretó el cuerpo sin vida del animal tratando de que las toxinas fluyeran de nuevo por la parte blanda. Poco a poco los mordiscones se detuvieron, pero no la mueca ni la intensidad en la mirada del viejo atlante. El carnicero usó el brazo izquierdo para tomarlo de la nuca y con tres cabezazos logró borrarle para siempre aquella expresión en el rostro.

El carnicero atlante - V. “Unos peces blancos y enfermizos”

El gorila albino caminaba algunos metros adelante. La luz se colaba por intersticios que parecían demasiado regulares como para ser producto de la acción natural. A medida que avanzaban, el aire se volvía más húmedo y los músculos del atlante se fortalecían. Por fin llegaron a una enorme bóveda en la que corría casi en silencio un río subterráneo. El agua entraba por una abertura bastante grande en un extremo de la bóveda y salía por otra del mismo tamaño en el lado opuesto.

Algunas medias calaveras descansaban junto a la entrada de la bóveda. El gorila albino se golpeó el pecho y sostuvo la mirada del atlante unos segundos para luego desaparecer por el camino que los había llevado hasta ahí. El atlante se acercó a la orilla con cuidado. Sabía que por una de las aberturas había entrado el cangrejo gigante y había visto en los ojos del gorila el terror que le producía aquel lugar. 

Se sumergió en el río y decidió dejarse llevar, atento a cualquier movimiento. El contacto con el agua le trajo algunos recuerdos que prefirió callar. Como el río corría lentamente, empezó a nadar y fue consciente del poder de sus extremidades. Avanzó durante veinticinco minutos sin mayores complicaciones hasta que de repente el río empezó a arrastrarlo cada vez con más fuerza. El atlante sabía que el río se transformaría en una cascada y se preparó para lo peor.

Cayó unos diez metros y a los pocos segundos sacó la cabeza del agua para ver dónde estaba. Después de la cascada, el río se transformaba en una especie de laguna interior. La bóveda era mucho más amplia que la anterior y no tenía salida. La luz llegaba desde muy arriba y apenas iluminaba la superficie del agua. Una pila de huesos se juntaba en la única orilla de la laguna. En la pared junto a los huesos había algunos rasguños.

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(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

Volvió a sumergirse y notó que el agua era más cálida cuanto más bajaba. Los peces que lo rodeaban eran blancos y enfermizos. Ninguno mostraba signo alguno de agresividad ni escapaban cuando se les acercaba. De repente, algo pasó muy cerca de su pecho para luego volver a las profundidades tan rápido como había aparecido. Sin perder un segundo, el atlante nadó hasta una de las paredes de la laguna alejándose del centro donde casi lo alcanza el tentáculo de un calamar.

Mientras buscaba algún tipo de abertura en la que esconderse, escuchó una voz. Solamente otro atlante podría llamarlo debajo del agua e instintivamente cerró los puños. La voz le indicaba seguir algunos metros hacia su derecha y otros tantos hacia abajo. No quería enfrentarse al calamar así que decidió hacerle caso y encontró la abertura. En la entrada lo esperaba un tipo viejo al que le faltaban los dos brazos y sonreía con timidez.

El carnicero atlante - IV. “Una costilla del cuerpo mutilado”

El carnicero atlante corrió directo hacia el cangrejo y saltó para esquivar las pinzas del animal. Se agachó frente a una de las mitades del gorila, metió la mano en el torso sanguinolento y arrancó una costilla del cuerpo mutilado. Algunos metros más atrás, el gorila albino empezó a gritar y quiso frenarlo, pero el atlante se lo sacó de encima empujándolo hacia un costado. 

El cangrejo volvió a atacar con las pinzas pero el carnicero lo esquivó y ganó uno de los flancos del crustáceo. Como un rayo, clavó la costilla en las junturas de la quinta pata del lado derecho del animal. Después, abrazó la pata y la arrancó de cuajo tirando todo el peso de su cuerpo hacia atrás. El gorila albino vio lo que hacía el atlante y le indicó a su grupo que atacara con palos desde el flanco opuesto para evitar que el cangrejo pudiera concentrarse en un solo enemigo.

El atlante recuperó la costilla que había obtenido del cadáver del gorila y arrancó la cuarta pata del crustáceo con el mismo procedimiento. La costilla se partió y con la tercera y la segunda pata usó una piedra que golpeó una y otra vez contra las junturas para después abrazar, tirar y arrancar los miembros del animal. Cuando terminó, se acercó y el crustáceo quiso atacarlo con la pinza de la primera pata. Sin punto de apoyo en el lado derecho del cuerpo, el cangrejo perdió el equilibrio y cayó de lado.

Mientras los gorilas gritaban y golpeaban el piso con los palos, el carnicero rodeó al crustáceo y metiéndose entre las patas del lado izquierdo empezó a empujar para darlo vuelta sobre su exoesqueleto. El gorila albino gritó y el resto se puso a empujar. Entre todos lograron voltear el enorme cuerpo del cangrejo.

Una de las pinzas del animal quedó atrapada bajo el peso del tórax mientras la otra castañeaba nerviosamente en el aire. El atlante se acercó y con la piedra golpeó la juntura hasta hacerla puré. Después arrancó el miembro dejando al cangrejo sin las pinzas con las que había atemorizado tanto a los gorilas. Casi sin resto físico, le entregó la piedra al gorila albino, se recostó contra una de las paredes de la cueva y vio cómo los demás terminaban de mutilarlo.

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(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

Cuando completaron el trabajo, el atlante quiso pararse pero las piernas no le respondieron. Estaba deshidratado. El gorila albino mandó a buscar la media calavera y al rato la trajeron llena de agua. El atlante se hidrató y recuperó el color y la tensión en los músculos. El gorila albino le apoyó la mano en el pecho y gritó. El carnicero señaló la media calavera. El gorila empezó a caminar y el atlante lo siguió por uno de los caminos que se perdían en el interior de la cueva.

El carnicero atlante - III. “Huesos de cadera de un animal menor”

Abrió los ojos y reconoció al gorila que había sido perseguido por el allosaurus. Lo estudiaba con la cara casi pegada a la suya. El carnicero atlante se paró de un salto y el gorila retrocedió trastabillando. El atlante no pudo alcanzarlo, estaba atado a una piedra gigante que apenas se movió. Suspendido con todo el cuerpo hacia adelante, las manos atadas a la espalda y lianas gruesas alrededor de la cintura, el atlante gritó lo más fuerte que pudo y el grito retumbó en toda la cueva.

El gorila se escabulló por una abertura en una de las paredes de la cueva. El atlante procuró calmarse y ajustó el ritmo de su respiración. En el medio de la cintura tenía huesos de cadera de algún animal menor con los que habían ajustado las lianas que lo ataban a la piedra. Escuchó unos pasos. Unos segundos más tarde, apareció el gorila sosteniendo con las dos manos una media calavera. Lo acompañaba un gorila albino.

El gorila se acercó con la media calavera, metió la mano derecha y con un golpe tosco lo salpicó. Dejó la media calavera fuera del alcance del carnicero y retrocedió. El gorila albino soltó un alarido y señaló la piedra con la cabeza. El atlante sabía que lo estaban probando. Agarró bien fuerte las lianas detrás de su espalda y comenzó a tirar. La piedra se balanceó y empezó a moverse.

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

Cuando llegó a la media calavera, se arrodilló, mordió el borde y tirando la cabeza hacia atrás volcó todo el contenido sobre su cuerpo. El agua corrió desde el cuello hasta los pies. Un grito lejano interrumpió la escena y los dos gorilas salieron a toda velocidad por la abertura en la pared. Algo andaba mal. El carnicero atlante necesitaba soltarse y ver qué era lo que estaba pasando.

Comenzó a frotar las lianas que ataban sus manos contra las que lo agarraban de la cintura. Las ataduras fueron cediendo de a poco por la fricción. El tiempo pasaba y los gritos se escuchaban cada vez más cerca. Por fin logró soltarse y con un golpe seco quebró los huesos de cadera que lo ajustaban a la piedra. Aflojó las lianas, las tiró por sobre la cabeza y corrió hasta la abertura.

Cuando llegó vio al gorila albino liderar a un grupo que apuntaba con palos a un cangrejo gigante. El cangrejo estaba arrinconado contra una de las paredes de la galería y sostenía entre las tenazas al gorila que había escapado del allosaurus. Las cerró con estrépito y las dos mitades del gorila cayeron contra el suelo rocoso entre alaridos y mucha sangre.

El carnicero atlante - II. “Algunas formas entre las rocas”

La costa quedaba cada vez más atrás. El sol caía. Desde lo alto de la cucaracha, el carnicero atlante adivinó algunas formas escabulléndose entre las rocas. No tenía tiempo para ponerse a investigar. Necesitaba alejarse lo más posible del mar y encontrar alguna reserva de agua para no morir deshidratado.

La cucaracha seguía respondiendo mecánicamente a los cuchillazos. Aunque el atlante estaba al límite de la deshidratación, retrasaba el momento de bajarse del insecto gigante para bañarse con agua del saco. Sabía que cuando el saco se vaciara, la cucaracha volvería a la vida.

De repente, escuchó unos gritos a su izquierda. Un gorila corría en su dirección perseguido por un allosaurus. El carnicero atlante se bajó de un salto, quitó las algas con cuidado, metió la caña en el costado de la cucaracha y chupó. Escuchó un gruñido muy cerca y saltó justo cuando el allosaurus impactaba el costado del insecto con la cabeza.

El allosaurus intentaba dar vuelta la cucaracha para poder comer la parte blanda. El atlante estaba a unos metros, lleno de polvo y casi deshidratado. Si no se reanimaba, la cucaracha sería engullida por el allosaurus. Después seguiría él. No tenía fuerzas para llegar a las rocas y esconderse como vio que hacía el gorila. El carnicero miró el costado del insecto gigante. La caña debía haberse salido después de la embestida.

Comenzó a arrastrarse hacia la cucaracha pero algo lo detuvo. Un segundo allosaurus apareció en escena y entre los dos lograron dar vuelta a su presa. No había señal de la caña por ningún lado. La cucaracha estaba condenada aún cuando seguía moviendo las patas por puro reflejo. El carnicero atlante tomó el cuchillo de coral bien fuerte entre sus manos. Casi sin hacer ruido, logró escabullirse entre uno de los allosaurus y el insecto. Los dinosaurios estaban concentrados arrancando pedazos y parecieron no notar su presencia.

Grandes cantidades de saliva caían de las fauces del dinosaurio. El carnicero se ubicó debajo y se frotó el cuerpo con cuidado. Sus músculos volvieron a tensarse. Esperó a que el allosaurus metiera la cabeza en el interior blando de la cucaracha y saltó lo más alto que pudo. Clavó el cuchillo en la mitad del cuello y quedó ahí colgado. Cuando el dinosaurio levantó la cabeza, cambió la empuñadura con la que tomaba el arma y tiró hacia abajo abriéndolo en dos mientras grandes cantidades de sangre inundaban el suelo.

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

El segundo allosaurus rugió con fuerza. Lo que quedaba de sol comenzaba a pudrir el interior de la cucaracha gigante. El carnicero se había escondido junto al dinosaurio muerto. El allosaurus volvió a rugir y el carnicero corrió sobre el cadáver del primero, saltó y logró ensartarle el cuchillo en un ojo. El dinosaurio cabeceó. El atlante voló por los aires y al caer se golpeó la cabeza. Lo último que llegó a ver antes de perder el conocimiento fue la curva descripta por un ave de rapiña.

El carnicero atlante - I. “Una caña en el costado”

Arrastró la cucaracha gigante ayudándose con algunas algas entrelazadas. El carnicero atlante había logrado paralizar al insecto de tres metros frotándole los ojos con un caracol venenoso que encontró en la costa. El sol le quemaba la piel y cada tirón se hacía más difícil que el anterior.  

A unos pocos metros del carnicero atlante, los cuerpos de dos guardias de la Corona eran picoteados por unas gaviotas veteadas. Estos guardias eran quienes debían haberle cortado las articulaciones para dejarlo morir al sol, así que el espectáculo no le daba ninguna lástima. Volvió a tirar de las algas. En algunas horas las autoridades de la Atlántida patrullarían la zona pero él ya no estaría ahí.

Después de sumergir su cuerpo en las aguas bajas de la orilla, logró meter la cucaracha gigante al mar. El efecto del veneno del caracol se estaba perdiendo y tuvo que luchar contra el insecto para poder ahogarlo. El carnicero atlante sabía que la cucaracha no se ahogaría del todo y sólo se llenaría de agua para entrar en una especie de letargo defensivo.

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)  

Cuando la cucaracha dejó de luchar, la arrastró de vuelta a la orilla y le clavó un cuchillo de piedra coral que había robado a uno de los guardias. La cucaracha comenzó a mover las patas por puro reflejo, llevándose el cuchillo ensartado en el costado. Al rato se detuvo. El atlante la alcanzó y la montó de un salto. Se estiró y movió suavemente el cuchillo hasta sentir el saco. Con una estocada más profunda lo atravesó y la cucaracha volvió a correr hacia adelante.

El sol seguía cayendo con fuerza. El carnicero atlante se bajó de la cucaracha, metió una caña en el agujero y sin realizar movimientos bruscos logró introducirla en el saco. Chupó hasta que el agua de mar que había tragado el insecto comenzó a brotar por la caña. Después de hidratarse, sacó la caña y selló el agujero con algas. 

A fuerza de cuchillazos, el carnicero atlante se alejaba cada vez más de la costa. Contaba con una buena reserva de agua en el saco de la cucaracha como para meterse tierra adentro e intentar sobrevivir en un mundo nuevo, muy lejos de los suyos.