El carnicero atlante - I. “Una caña en el costado”

Arrastró la cucaracha gigante ayudándose con algunas algas entrelazadas. El carnicero atlante había logrado paralizar al insecto de tres metros frotándole los ojos con un caracol venenoso que encontró en la costa. El sol le quemaba la piel y cada tirón se hacía más difícil que el anterior.  

A unos pocos metros del carnicero atlante, los cuerpos de dos guardias de la Corona eran picoteados por unas gaviotas veteadas. Estos guardias eran quienes debían haberle cortado las articulaciones para dejarlo morir al sol, así que el espectáculo no le daba ninguna lástima. Volvió a tirar de las algas. En algunas horas las autoridades de la Atlántida patrullarían la zona pero él ya no estaría ahí.

Después de sumergir su cuerpo en las aguas bajas de la orilla, logró meter la cucaracha gigante al mar. El efecto del veneno del caracol se estaba perdiendo y tuvo que luchar contra el insecto para poder ahogarlo. El carnicero atlante sabía que la cucaracha no se ahogaría del todo y sólo se llenaría de agua para entrar en una especie de letargo defensivo.

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)  

Cuando la cucaracha dejó de luchar, la arrastró de vuelta a la orilla y le clavó un cuchillo de piedra coral que había robado a uno de los guardias. La cucaracha comenzó a mover las patas por puro reflejo, llevándose el cuchillo ensartado en el costado. Al rato se detuvo. El atlante la alcanzó y la montó de un salto. Se estiró y movió suavemente el cuchillo hasta sentir el saco. Con una estocada más profunda lo atravesó y la cucaracha volvió a correr hacia adelante.

El sol seguía cayendo con fuerza. El carnicero atlante se bajó de la cucaracha, metió una caña en el agujero y sin realizar movimientos bruscos logró introducirla en el saco. Chupó hasta que el agua de mar que había tragado el insecto comenzó a brotar por la caña. Después de hidratarse, sacó la caña y selló el agujero con algas. 

A fuerza de cuchillazos, el carnicero atlante se alejaba cada vez más de la costa. Contaba con una buena reserva de agua en el saco de la cucaracha como para meterse tierra adentro e intentar sobrevivir en un mundo nuevo, muy lejos de los suyos.

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