En la casa de Mariano estaban todos. Hablaban de las inundaciones en Buenos Aires, de las víctimas y de distintas historias que habían leído en blogs y feeds de facebook y twitter. En un rincón habían ido juntando las botellas de vino vacías. Mariano avisó que no había mucho hielo y preparó una jarra de fernet con Pepsi Max. Facundo gritó la palabra “sacrilegio” y todos se rieron menos Lena, una sueca que había venido a Buenos Aires para el Festival de Cine y para escaparse de su madre.
Dalia le dijo algo en el oído y Lena se rió haciendo un ruido raro. Facundo las miraba hacía un rato y había notado que Dalia le tenía ganas a la sueca. Lena tenía la cara redonda y el culo de un tamaño justo, aunque lo imaginaba lleno de pozos. Tenía dos tetas enormes y era muy blanca. Facundo agarró la jarra de fernet, llenó algunos vasos y contó la historia del serpentario. Dijo que había leído una nota en la que afirmaban que un buen número de serpientes venenosas se había escapado de un serpentario por la inundación y los vecinos de San Martín estaban aterrorizados.
Dalia se tocó una teta cuando escuchó la palabra “serpientes” y le dijo a Lena que hiciera lo mismo. Como Lena no entendía, le agarró la mano y estrujó la teta izquierda explicándole que era para evitar la mala suerte. Todos festejaron la escena y siguieron tomando un buen rato. A eso de las tres de la mañana, Facundo se acercó a Dalia y le dijo que si quería podían ir a su casa. Dalia miró a Lena y Facundo se apuró en decir que también podían llevarla y que no había excusas para decirle que no. Dalia y Facundo habían cogido ya varias veces.
Facundo manejó como pudo mientras Dalia le metía la mano a la sueca adentro del jean. Ni bien se bajaron del auto, la sueca se dobló en dos y vomitó con fuerza. Cuando se levantó, sonreía. Una vez adentro de la casa, Facundo les preguntó si querían tomar algo y Lena dijo que no. Dalia no paraba de manosearla y Facundo le dijo que la llevara al cuarto y aprovechó para ir al fondo.
Cuando volvió, Dalia le estaba mordiendo los pezones a la sueca y trataba de desabrocharle el pantalón. Facundo se quedó mirando al lado de la puerta. Dalia se sacó la bombacha y se le sentó en la cara obligándola a chupar. Lena levantó la cabeza de golpe gritando algunas palabras en sueco y Dalia cayó hacia un costado. De la cama salió reptando una serpiente. Facundo agarró la pierna de Lena y señaló la mordedura en el tobillo. Recordando la historia del serpentario, empezaron a gritar.
Facundo salió corriendo de la habitación y volvió con un hacha de cocinero en alto. Dalia se levantó y le preguntó qué carajo hacía y Facundo le dijo que no podían dejar que el veneno se propagara y que tendría que ayudarlo sosteniendo a la sueca. Dalia estaba un poco mareada y no sabía bien qué pensar así que agarró a Lena del cuello tratando de mantenerla quieta. La sueca empezó a retorcerse llorando histéricamente y alcanzó a sacar la pierna en el último momento. Facundo pegó un primer hachazo en la cama.
Después le dio el hacha de cocina a Dalia y le dijo que él la inmovilizaría. Agarró a la sueca del cuello y la cintura mientras Dalia sostenía el hacha y temblaba. Facundo le gritó que se apurara, que si el veneno se propagaba, Lena iba a morir. Dalia dudo unos segundos y finalmente bajó el hacha con fuerza justo abajo de la rodilla. La sueca soltó un alarido y se desmayó por el dolor. Facundo volvió a insistirle con que no había tiempo y Dalia pegó otro hachazo llorando. Y después otro. Y otro.
Finalmente lograron separar la pierna del resto del cuerpo. Facundo hizo un torniquete torpe con la sábana mientras Dalia se agarraba la cabeza y lloraba en silencio. A los cinco minutos, Lena estaba muerta. Había perdido mucha sangre. Facundo se acercó a Dalia y la abrazó, hamacándola suavemente. Le repitió varias veces que había sido muy valiente en hacer lo que hizo y que no tenía nada que reprocharse. Dalia se fue quedando dormida en sus brazos. Facundo la recostó y se fue al fondo. Encontró la serpiente y con una sonrisa la devolvió a su terrario.
Asil no necesitaba comida y cambió algunas de sus revistas de sopa de letras por una buena cantidad de bolsas de plástico. Si quería sobrevivir entre los edificios, no podía dejar que su piel tocara el agua. Las criaturas que llegaron con los tsunamis podían localizar un cuerpo sumergido y arrastrarlo a las profundidades en muy pocos segundos.
Asil desconfiaba de Carlos. No sabía bien por qué, pero quería escapar del edificio Kanshar y probar suerte en alguna de las torres que todavía se mantenían fuera del agua. Mientras volvían sobre sus pasos, escucharon unos gritos que venían de los pisos inferiores. Carlos le pidió que lo siguiera y Asil dudó un segundo. Al final decidió acompañarlo. Si aparecía solo en la terraza resultaría sospechoso y recordó que Jackson tenía un arpón.
Bajaron por la escalera varios pisos y una mujer que lloraba desconsoladamente les cortó el paso. Carlos le pidió que se tranquilizara pero la mujer siguió gritando. Sus dos hijos habían desaparecido. Carlos puteó, empujó a la mujer a un costado y siguieron bajando. Cuando llegaron al piso 28 apareció un hombre y Carlos levantó la mano. El hombre recibió el cachetazo sin sacar la cara y después le pidió que lo escuchara. Los chicos no habían atravesado el puesto de control. No sabía cómo, pero los tentáculos se los habían llevado desde alguno de los pisos superiores.
Asil se adelantó y dijo que había escuchado algo parecido en otro edificio, que algunas criaturas parecían contar con tentáculos larguísimos o con ciertas capacidades elásticas y que deberían revisar los sistemas de ventilación. Se escuchó un nuevo grito. La madre de los dos niños desaparecidos los había seguido hasta el puesto de control. Carlos le indicó al guardia que llevara a la mujer a los pisos superiores. Antes de ser arrastrada por la escalera, la madre volvió a gritar mirando a Asil a los ojos, como implorando algo.
Asil tomó a Carlos del hombro y le pidió un cuchillo. Le dijo que mientras ellos revisaban los sistemas de ventilación para encontrar por dónde se habían metido los tentáculos, él traería a los dos chicos. Carlos movió la cabeza de un lado a otro y le dijo que no quería perder a nadie más, que un minuto no le alcanzaría para nada. Asil sonrió y estiró la mano. Con el cuchillo en la boca, bajó la escalera y se sumergió en el agua.
En la terraza lo esperaban cuatro personas, tres hombres y una mujer. Uno de los hombres lo apuntaba con un arpón. El más bajo de los tres se acercó y le preguntó cómo se llamaba. Asil pronunció su nombre, dejó la mochila en el piso y estiró la mano. El hombre más bajo sonrió pero no acercó la suya.
La mujer agarró la mochila. Cuando Asil quiso adelantarse para evitarlo, el hombre que sostenía el arpón le dijo que se quedara quieto. La mujer revolvió la mochila e hizo un gesto afirmativo. El tercer hombre se acercó y lo palpó. Le sacó la navaja suiza de uno de los bolsillos y después se alejó.
El hombre más bajo le pidió disculpas. Le dijo que ya no se podía confiar en nadie y se presentó. Se llamaba Carlos. El del arpón era Jackson, el que lo cachó, Saito, y la mujer, Akemi. Akemi era quien lo había amenzado con tirarle un microondas por la cabeza. Carlos le pidió a Asil que juntara sus cosas y le dijo que lo siguiera. Akemi, Saito y Jackson se quedaron arriba cuidando la terraza.
Adentro del edificio todo olía a humedad. Carlos le contó que había agua hasta el piso 27. Quedaban ocho pisos secos en los que vivían más de sesenta personas. Se metieron en un cuarto y Carlos abrió la heladera con una llave que llevaba colgada al cuello. Le dijo que había comida para cambiar por otras cosas o que podía quedarse y trabajar. Después le preguntó cuánto aguantaba abajo del agua.
Asil mintió y dijo que apenas llegaba al minuto. Todo su cuerpo se tensionó pero Carlos pareció no notarlo. Extrañaba su navaja suiza y sabía que no se la devolverían hasta que abandonara el edificio. Asil trató de relajarse y preguntó si había criaturas en los pisos inundados. Carlos se rió y movió afirmativamente la cabeza.
El gorila albino caminaba algunos metros adelante. La luz se colaba por intersticios que parecían demasiado regulares como para ser producto de la naturaleza. A medida que avanzaban, el aire se volvía más húmedo y los músculos del atlante se fortalecían. Por fin llegaron a una enorme bóveda en la que corría casi en silencio un río subterráneo. El agua entraba por una abertura bastante grande en un extremo de la bóveda y salía por otra del mismo tamaño en el lado opuesto.
Algunas medias calaveras descansaban junto a la entrada de la bóveda. El gorila albino se golpeó el pecho y sostuvo la mirada del atlante unos segundos para luego desaparecer por el camino que los había llevado hasta ahí. El atlante se acercó a la orilla con cuidado. Sabía que por una de las aberturas había entrado el cangrejo gigante y había visto en los ojos del gorila el terror que le producía aquel lugar.
Se sumergió en el río y decidió dejarse llevar, atento a cualquier movimiento. El contacto con el agua le trajo algunos recuerdos que prefirió callar. Como el río corría lentamente, empezó a nadar y fue consciente del poder de sus extremidades. Avanzó durante veinticinco minutos sin mayores complicaciones hasta que de repente el río empezó a arrastrarlo cada vez con más fuerza. El atlante sabía que el río se transformaría en una cascada y se preparó para lo peor.
Cayó unos diez metros y a los pocos segundos sacó la cabeza del agua para ver dónde estaba. Después de la cascada, el río se transformaba en una especie de laguna interior. La bóveda era mucho más amplia que la anterior y no tenía salida. La luz llegaba desde muy arriba y apenas iluminaba la superficie del agua. Una pila de huesos se juntaba en la única orilla de la laguna. En la pared junto a los huesos había algunos rasguños.
Volvió a sumergirse y notó que el agua era más cálida cuanto más bajaba. Los peces que lo rodeaban eran blancos y enfermizos. Ninguno mostraba signo alguno de agresividad ni escapaban cuando se les acercaba. De repente, algo pasó muy cerca de su pecho para luego volver a las profundidades tan rápido como había aparecido. Sin perder un segundo, el atlante nadó hasta una de las paredes de la laguna alejándose del centro donde casi lo alcanza el tentáculo de un calamar.
Mientras buscaba algún tipo de abertura en la que esconderse, escuchó una voz. Solamente otro atlante podría llamarlo debajo del agua e instintivamente cerró los puños. La voz le indicaba seguir algunos metros hacia su derecha y otros tantos hacia abajo. No quería enfrentarse al calamar así que decidió hacerle caso y encontró la abertura. En la entrada lo esperaba un tipo viejo al que le faltaban los dos brazos y sonreía con timidez.
El carnicero atlante corrió directo hacia el cangrejo y saltó para esquivar las pinzas del animal. Se agachó frente a una de las mitades del gorila, metió la mano en el torso sanguinolento y arrancó una costilla del cuerpo mutilado. Algunos metros más atrás, el gorila albino empezó a gritar y quiso frenarlo, pero el atlante se lo sacó de encima empujándolo hacia un costado.
El cangrejo volvió a atacar con las pinzas pero el carnicero lo esquivó y ganó uno de los flancos del crustáceo. Como un rayo, clavó la costilla en las junturas de la quinta pata del lado derecho del animal. Después, abrazó la pata y la arrancó de cuajo tirando todo el peso de su cuerpo hacia atrás. El gorila albino vio lo que hacía el atlante y le indicó a su grupo que atacara con palos desde el flanco opuesto para evitar que el cangrejo pudiera concentrarse en un solo enemigo.
El atlante recuperó la costilla que había obtenido del cadáver del gorila y arrancó la cuarta pata del crustáceo con el mismo procedimiento. La costilla se partió y con la tercera y la segunda pata usó una piedra que golpeó una y otra vez contra las junturas para después abrazar, tirar y arrancar los miembros del animal. Cuando terminó, se acercó y el crustáceo quiso atacarlo con la pinza de la primera pata. Sin punto de apoyo en el lado derecho del cuerpo, el cangrejo perdió el equilibrio y cayó de lado.
Mientras los gorilas gritaban y golpeaban el piso con los palos, el carnicero rodeó al crustáceo y metiéndose entre las patas del lado izquierdo, empezó a empujar para darlo vuelta sobre su exoesqueleto. El gorila albino gritó y el resto se puso a empujar. Entre todos lograron voltear el enorme cuerpo del cangrejo.
Una de las pinzas del animal quedó atrapada bajo el peso del tórax mientras la otra castañeaba nerviosamente en el aire. El atlante se acercó y con la piedra golpeó la juntura hasta hacerla puré. Después arrancó el miembro dejando al cangrejo sin las pinzas con las que había atemorizado tanto a los gorilas. Casi sin resto físico, le entregó la piedra al gorila albino, se recostó contra una de las paredes de la cueva y vio cómo los demás terminaban de mutilarlo.
(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)
Cuando completaron el trabajo, el atlante quiso pararse pero las piernas no le respondieron. Estaba deshidratado. El gorila albino mandó a buscar la media calavera y al rato la trajeron llena de agua. El atlante se hidrató y recuperó el color y la tensión en los músculos. El gorila albino le apoyó la mano en el pecho y gritó. El carnicero señaló la media calavera. El gorila empezó a caminar y el atlante lo siguió por uno de los caminos que se perdían en el interior de la cueva.
“Mirá. Yo te llevo hasta ya, pero si querés tirarte en la mesósfera voy a tener que cobrarte la vuelta. La última vez…”
Salimos del agujero de gusano y el tipo me pidió que lo deje en la mesósfera de Loj. Bajé a toda velocidad porque ya estaba cerrando el turno y el tipo abrió la puerta y saltó. Di media vuelta como para volver y se me prendió una lucecita de alarma en el tablero de la nave. No lo podía creer. El taxi no era mío, así que no podía arriesgarme. Tenía que encontrar un taller mecánico.
No sé si alguna vez estuviste en Loj. Los lojinos son los tipos más asquerosos de la zona este de la galaxia. Son telépatas y pansexuales. Cualquier género de los cientos reconocidos por la federación les viene bien, así que siempre te están hablando con una, dos y hasta tres manos en la verga y saben lo que pensás en todo momento.
Me acerqué a un tipo de tránsito y me señaló con una mano mientras con las otras tres se tocaba. Me había alcanzado con pensar la pregunta para que el lojino me respondiera, pero me olvidé de pensar en agradecerle y el lojino escupió una flema naranja desde una de sus bocas laterales y me mandó a cagar pronunciando las palabras en un galáctico bien cerrado.
(Ilustración de Ariel Díaz)
Hice algunas cuadras en la dirección que me había indicado el tipo de tránsito y por fin lo encontré. El taller tenía en la entrada uno de esos muñecos inflables que se mueven con el viento. Entré y un nuevo lojino en cuero y con unos jeans muy sucios salió a recibirme. Pensé en la lucecita de mierda que se había prendido en el tablero y el mecánico asintió. Salimos y fuimos hasta donde estaba la nave.
El lojino se agachó para revisarla y se le vieron las dos rayas del culo. No pude evitar reírme y el mecánico se dio vuelta y me mandó a cagar. Parecía que mandarme a cagar se había hecho costumbre en Loj. Pensé en pedirle perdón pero el tipo no quería saber nada, así que pensé en una mujer que no existía y en unos hijos que nunca tuve, en cómo me esperarían para comer y cómo lloraría el bebé y el lojino cedió un poco, terminó el laburo y dejó el taxi como nuevo. Igual me rompió el orto, eh.
El agua estaba a un metro de la parte más alta del edificio y seguía subiendo. Se puso la mochila al hombro y apoyó las tres tablas de madera. Metió los brazos en bolsas de plástico y los ajustó con bandas elásticas. Se subió a la tabla del medio y empujó con fuerza las otras dos. Recostado boca abajo, empezó a remar metiendo los brazos envueltos en plástico en el agua oscura.
Se dirigía al antiguo edificio de la corporación Kanshar, uno de los más altos de la isla. Si el agua no dejaba de subir, no le quedaría más remedio que ir a las torres trillizas de Shorito, el sueño de un arquitecto delirante que desapareció después de los primeros tsunamis. Había escuchado cosas terribles sobre las torres y la idea no le gustaba ni un poco.
Algunos metros a su izquierda, dos tentáculos gigantes levantaron una tabla por los aires y la sumergieron con fuerza. Miró a su alrededor los desechos que flotaban a la deriva. El frente del edificio Kanshar estaba cerca y apuró el ritmo. Llegó a la pared, sacó las ventosas de la mochila y las fijó contra las ventanas. Empujó con el pie la tabla que había usado para cruzar y empezó a subir.
(Ilustración de HAZ)
Unos minutos más tarde, escuchó un estrépito. Los tentáculos se habían llevado otra tabla a las profundidades. Miró hacia arriba y retomó el ascenso. A pocos metros de la cima alguien preguntó quién andaba ahí. Dijo que un amigo, que tenía cosas para comerciar y que no quería problemas. La voz le contestó que estaba bien pero le aclaró que cualquier movimiento sospechoso le soltaría un microondas en la cabeza. La mención al microondas le causó gracia y siguió subiendo.
Abrió los ojos y reconoció al gorila que había sido perseguido por el allosaurus. Lo estudiaba con la cara casi pegada a la suya. El carnicero atlante se paró de un salto y el gorila retrocedió trastabillando. El atlante no pudo alcanzarlo, estaba atado a una piedra gigante que apenas se movió. Suspendido con todo el cuerpo hacia adelante, las manos atadas a la espalda y lianas gruesas alrededor de la cintura, el atlante gritó lo más fuerte que pudo y el grito retumbó en toda la cueva.
El gorila se escabulló por una abertura en una de las paredes de la cueva. El atlante procuró calmarse y ajustó el ritmo de su respiración. En el medio de la cintura tenía huesos de cadera de algún animal menor con los que habían ajustado las lianas que lo ataban a la piedra. Escuchó unos pasos. Unos segundos más tarde, apareció el gorila sosteniendo con las dos manos una media calavera. Lo acompañaba un gorila albino.
El gorila se acercó con la media calavera, metió la mano derecha y con un golpe tosco lo salpicó. Dejó la media calavera fuera del alcance del carnicero y retrocedió. El gorila albino soltó un alarido y señaló la piedra con la cabeza. El atlante sabía que lo estaban probando. Agarró bien fuerte las lianas detrás de su espalda y comenzó a tirar. La piedra se balanceó y empezó a moverse.
(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)
Cuando llegó a la media calavera, se arrodilló, mordió el borde y tirando la cabeza hacia atrás volcó todo el contenido sobre su cuerpo. El agua corrió desde el cuello hasta los pies. Un grito lejano interrumpió la escena y los dos gorilas salieron a toda velocidad por la abertura en la pared. Algo andaba mal. El carnicero atlante necesitaba soltarse y ver qué era lo que estaba pasando.
Comenzó a frotar las lianas que ataban sus manos contra las que lo agarraban de la cintura. Las ataduras fueron cediendo de a poco por la fricción. El tiempo pasaba y los gritos se escuchaban cada vez más cerca. Por fin logró soltarse y con un golpe seco quebró los huesos de cadera que lo ajustaban a la piedra. Aflojó las lianas, las tiró por sobre la cabeza y corrió hasta la abertura.
Cuando llegó vio al gorila albino liderar a un grupo que apuntaba con palos a un cangrejo gigante. El cangrejo estaba arrinconado contra una de las paredes de la galería y sostenía entre las tenazas al gorila que había escapado del allosaurus. Las cerró con estrépito y las dos mitades del gorila cayeron contra el suelo rocoso entre alaridos y mucha sangre.
“¿Esto? Mirá, lo tengo casi desde que empecé a manejar el taxi. Uno de los muchachos me mandó a la salida de un boliche de la luna de Gruser y me dijo que levante cualquier parejita local, que no me arrepentiría del viaje. ¿Y cómo no iba a ir? Me había picado la curiosidad…”
El gruseriano me pidió que apagara la radio y siguió manoseando a la gruseriana. En el silencio del taxi, el ruido que hacían los dos cuerpos al frotarse me calentó. Miré por el espejito y noté que la gruseriana hacía girar los ojos hacia atrás y hacia los costados y cada tanto me miraba.
Después de un rato, lo agarró de la cabeza con sus nueve tentáculos y desenrolló una lengua de unos cuarenta centímetros de largo. El gruseriano escupió la lengua de la gruseriana y comenzó a frotarla con los dedos del pie. La elasticidad de los gruserianos tenía algo de circense y casi choco con un asteroide por distraerme con el espectáculo. Les pedí disculpas por el volantazo y ellos siguieron con lo suyo.
La cosa se estaba poniendo caliente. La lengua de la gruseriana estaba semierecta y el gruseriano ladeó la cabeza dejando la aurícula derecha bien expuesta. La lengua penetró sin dificultad y la cabeza del gruseriano comenzó a temblar para ir acelerándose de a poco.
(Ilustración de Ariel Díaz)
Dos o tres minutos después, el gruseriano dio unos golpecitos con los dedos del pie a la gruseriana y ella le sacó la lengua de la cabeza. El gruseriano tiró la cabeza hacia atrás, abrió la boca bien grande y estornudó con fuerza. El hijo de puta me llenó el frente del taxi con una sustancia dorada y pringosa. Paré el taxi y me di vuelta para putearlo.
El gruseriano me dijo que esperara un segundo y prestara atención. La sustancia dorada había empezado a latir y se juntaba sobre la guantera. Había algo de hipnótico en la secuencia y los gruserianos sonreían satisfechos. A los pocos segundos, el perrito que sube y baja la cabeza al compás de los movimientos del taxi estaba completamente formado.
La costa quedaba cada vez más atrás. El sol caía. Desde lo alto de la cucaracha, el carnicero atlante adivinó algunas formas escabulléndose entre las rocas. No tenía tiempo para ponerse a investigar. Necesitaba alejarse lo más posible del mar y encontrar alguna reserva de agua para no morir deshidratado.
La cucaracha seguía respondiendo mecánicamente a los cuchillazos. Aunque el atlante estaba al límite de la deshidratación, retrasaba el momento de bajarse del insecto gigante para bañarse con agua del saco. Sabía que cuando el saco se vaciara, la cucaracha volvería a la vida.
De repente, escuchó unos gritos a su izquierda. Un gorila corría en su dirección perseguido por un allosaurus. El carnicero atlante se bajó de un salto, quitó las algas con cuidado, metió la caña en el costado de la cucaracha y chupó. Escuchó un gruñido muy cerca y saltó justo cuando el allosaurus impactaba el costado del insecto con la cabeza.
El allosaurus intentaba dar vuelta la cucaracha para poder comer la parte blanda. El atlante estaba a unos metros, lleno de polvo y casi deshidratado. Si no se reanimaba, la cucaracha sería engullida por el allosaurus. Después seguiría él. No tenía fuerzas para llegar a las rocas y esconderse como vio que hacía el gorila. El carnicero miró el costado del insecto gigante. La caña debía haberse salido después de la embestida.
Comenzó a arrastrarse hacia la cucaracha pero algo lo detuvo. Un segundo allosaurus apareció en escena y entre los dos lograron dar vuelta a su presa. No había señal de la caña por ningún lado. La cucaracha estaba condenada aún cuando seguía moviendo las patas por puro reflejo. El carnicero atlante tomó el cuchillo de coral bien fuerte entre sus manos. Casi sin hacer ruido, logró escabullirse entre uno de los allosaurus y el insecto. Los dinosaurios estaban concentrados arrancando pedazos y parecieron no notar su presencia.
Grandes cantidades de saliva caían de las fauces del dinosaurio. El carnicero se ubicó debajo y se frotó el cuerpo con cuidado. Sus músculos volvieron a tensarse. Esperó a que el allosaurus metiera la cabeza en el interior blando de la cucaracha y saltó lo más alto que pudo. Clavó el cuchillo en la mitad del cuello y quedó ahí colgado. Cuando el dinosaurio levantó la cabeza, cambió la empuñadura con la que tomaba el arma y tiró hacia abajo abriéndolo en dos mientras grandes cantidades de sangre inundaban el suelo.
El segundo allosaurus rugió con fuerza. Lo que quedaba de sol comenzaba a pudrir el interior de la cucaracha gigante. El carnicero se había escondido junto al dinosaurio muerto. El allosaurus volvió a rugir y el carnicero corrió sobre el cadáver del primero, saltó y logró ensartarle el cuchillo en un ojo. El dinosaurio cabeceó. El atlante voló por los aires y al caer se golpeó la cabeza. Lo último que llegó a ver antes de perder el conocimiento fue la curva descripta por un ave de rapiña.
Arrastró la cucaracha gigante ayudándose con algunas algas entrelazadas. El carnicero atlante había logrado paralizar al insecto de tres metros frotándole los ojos con un caracol venenoso que encontró en la costa. El sol le quemaba la piel y cada tirón se hacía más difícil que el anterior.
A unos pocos metros del carnicero atlante, los cuerpos de dos guardias de la Corona eran picoteados por unas gaviotas veteadas. Estos guardias eran quienes debían haberle cortado las articulaciones para dejarlo morir al sol, así que el espectáculo no le daba ninguna lástima. Volvió a tirar de las algas. En algunas horas las autoridades de la Atlántida patrullarían la zona pero él ya no estaría ahí.
Después de sumergir su cuerpo en las aguas bajas de la orilla, logró meter la cucaracha gigante al mar. El efecto del veneno del caracol se estaba perdiendo y tuvo que luchar contra el insecto para poder ahogarlo. El carnicero atlante sabía que la cucaracha no se ahogaría del todo y sólo se llenaría de agua para entrar en una especie de letargo defensivo.
(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)
Cuando la cucaracha dejó de luchar, la arrastró de vuelta a la orilla y le clavó un cuchillo de piedra coral que había robado a uno de los guardias. La cucaracha comenzó a mover las patas por puro reflejo, llevándose el cuchillo ensartado en el costado. Al rato se detuvo. El atlante la alcanzó y la montó de un salto. Se estiró y movió suavemente el cuchillo hasta sentir el saco. Con una estocada más profunda lo atravesó y la cucaracha volvió a correr hacia adelante.
El sol seguía cayendo con fuerza. El carnicero atlante se bajó de la cucaracha, metió una caña en el agujero y sin realizar movimientos bruscos logró introducirla en el saco. Chupó hasta que el agua de mar que había tragado el insecto comenzó a brotar por la caña. Después de hidratarse, sacó la caña y selló el agujero con algas.
A fuerza de cuchillazos, el carnicero atlante se alejaba cada vez más de la costa. Contaba con una buena reserva de agua en el saco de la cucaracha como para meterse tierra adentro e intentar sobrevivir en un mundo nuevo, muy lejos de los suyos.
“No cualquiera maneja un taxi intergaláctico, qué te creés. ¿Ves la ficha que cuelga en el asiento de atrás? Ahí tenés. Nací con el psicotipo necesario para ir y venir por los agujeros de gusano sin volverme loco. Uno de cada mil lo tiene. Y ojo que la licencia para laburar no se la dan a cualquiera, te hacen una serie interminable de pruebas y tests. Pero me gusta el trabajo. Todo el día arriba del taxi. Llevo a cada uno que ni te imaginás. La otra vuelta…”
La gorda se subió en uno de los asteroides del cinturón de Zorán. Ya había cargado el viaje en el sistema así que arranqué el taxi y configuré el GPS para que indicara el camino al acceso oeste del agujero de gusano. Mientras volábamos a toda velocidad, me dediqué a estudiarla por el espejito. Qué fea que era. No tenía ganas de hablarle, así que prendí el estéreo y puse una radio local.
Durante un tiempo no pasó nada. La música zoriana era muy mala, unos boleros ruidosos que estaban de moda. Y ahí fue que escuché un grito apagado. Lo raro era que la gorda no había abierto la boca en ningún momento. No tardé mucho en darme cuenta de dónde había salido ese grito.
Dejé la nave en piloto automático y le pregunté directamente: “¿Fetus in fetu, no?”. La gorda me miró con curiosidad y forzó una sonrisa. Fetus in fetu es una operación en la que se inserta un feto incompleto en alguna parte del cuerpo para que se desarrolle como parásito. Muchas veces termina siendo esclavo sexual del portador. La operación es ilegal en Zorán y se persigue a los que se la hayan hecho. Por eso la gorda quería viajar a otra galaxia.
Sin dejar de sonreír y moviendo levemente los hombros, la gorda se sacó el sweater y las tres remeras que le cubrían el torso. Fetos en distintos grados de desarrollo le colgaban de los codos, los pezones y las costillas. La gorda me pidió que me pasara al asiento de atrás mientras movía las tetas de un lado al otro y los parásitos chillaban.
(Ilustraciones de Ariel Díaz)
Y bueno, no soy de madera. La gorda trató de hacerme tocar alguno de los fetos pero le corrí la mano. Al final me hizo una fellatio sin muchas ganas y le acabé entre un ojo y la nariz. Mientras se limpiaba, le pegué un codazo en pleno rostro que la noqueó. Limpié las gotas de semen restante, volví a mi asiento y emprendimos la vuelta a Zorán.
Llegamos al mismo asteroide del que habíamos salido unas horas antes, estacioné y uno de los chicos que cuidaban las naves abrió la puerta de atrás del taxi. En cuanto vio a la gorda semidesnuda en el sillón, inconsciente y llena de fetos parásitos, se puso blanco y salió corriendo. Al rato llegó la policía aeroportuaria. No me caen bien los canas. Pero no hay nada peor que una fellatio sin corazón.