[Adelanto - Cover + Capítulo I] - Mano Propia - Edita Interzona

Mano Propia (Texto: Saraintaris / Ilustraciones: Ruppel). 

Una novelette cyberpunk sobre los linchamientos en Portenia. Edita Interzona para la colección ZonaPulp (eBook) dirigida por Soifer.

Sale en breve. Más info acá: http://facebook.com/enPortenia

image

I.

Una de las cámaras del circuito de la ciudad lo tomó mientras robaba una cartera. La señora, todavía en el piso, se llevó la mano al costado del visor y confirmó el hurto. En una de las mesas del café que estaba cruzando la calle, un tipo de unos cuarenta años dejó el diario y ratificó la denuncia con un movimiento de cabeza. Cámara, víctima y testigo estaban de acuerdo y el sistema se encargó de cargar el ilícito en todos los visores de la ciudad.

Corría como loco. Sabía que no tenía mucho tiempo, lo habían marcado. Sonó un timbre y salieron algunos chicos de un colegio primario. Trató de esquivarlos pero se tropezó y cayó dando tumbos. Uno de los chicos se acercó para ayudarlo pero cuando vio que estaba marcado lo devolvió al piso con una patada. Un segundo golpe le rompió una costilla. Ninguno tenía más de doce años pero pegaban con fuerza. El fútbol seguía siendo uno de los orgullos más grandes de los habitantes de Portenia.

Se levantó, empujó a uno de los chicos a un costado y siguió corriendo. Dobló en una esquina. Un tachero le cruzó el auto en la vereda cortándole el paso. Un tipo con traje lo golpeó con fuerza en el pecho y el joven cayó hacia atrás, adentro del palier de un edificio de una de las zonas más caras de la ciudad. Empezó a juntarse mucha gente en la entrada. Se turnaban para patearlo. Cabeza, costillas y entrepierna. Desde el visor podía verse cómo bajaba lentamente la barra de la pena dictada por el nuevo código Hammurabi.

Alguien gritó y se le tiró encima, cubriéndolo con todo su cuerpo. El joven desapareció de los visores y la gente se dispersó entre puteadas. Cuando quedaron solos, lo arrastró hasta su habitación y cerró la puerta. El portero se llamaba Ezquerra y era un faraday, uno de esos tipos que rechazan la conexión. Trató de limpiarlo pero sabía que era tarde. El joven estaba inconsciente, con la cabeza abierta, un ojo reventado y la cara llena de moretones. Nunca llegaría al hospital y moriría ahí mismo, en el living de su casa.

Ezquerra se levantó y se sirvió un vaso de gin. Sin dejar de mirar el cuerpo inerte del joven, apuró el vaso y se sirvió uno nuevo. La versión 3.11 del código Hammurabi era la actualización más reciente del Sistema Operativo del Estado (SOE).

“Cien patadas contra una columna de la nave”

Loni revisó el equipo, cerró las compuertas y se puso en posición. Sintió la presión del agarre de seguridad en las piernas y no pudo evitar soltar un quejido. Escuchó una risa desde el intercomunicador y le dijo a Gleb que no festejara tanto, que el dolor no era nada comparado al placer de tomar un buen licor con las ganancias de la apuesta.

Se activó el temporizador de despegue y sonrió. La pierna le dolía pero había valido la pena. Sabía que después de haberle vendido su último juego al Casino, Gleb no necesitaba VirtuaChips. Si apostaba era porque estaba aburrido. “Quinientos VirtuaChips por cien patadas”, le había dicho. Después de patear una y otra vez una columna de la nave, la tibia lo estaba matando.

Mientras la cápsula se alejaba, Loni se puso a pensar en Gleb. Lo había conocido hacía algunos meses y había aceptado trabajar con él. Gleb no hablaba mucho. Y como los viajes entre los planetas exteriores del Casino se hacían largos, apostaban alguna que otra vez o jugaban al Neo-Backgammon.

Como muchos otros cazafortunas, Gleb diseñaba juegos y se los vendía al Casino. Viajaba a los planetas habitados más lejanos del universo analizando tradiciones, dinámicas de grupo y distintas prácticas sociales. Después incluía todo en un libro lleno de notas y referencias cruzadas que cuidaba más que a su pelo. Loni no pudo evitar sonreír. Se había acordado de aquella vez en la que tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia y Gleb se tomó unos segundos que parecieron eternos para arreglarse el jopo. Por fin salió corriendo y la nave explotó por los aires. Cuando se levantó, le guiñó un ojo a la cámara de la televisión cerrada del Casino y siguió con lo suyo.

Loni giró la cápsula a la izquierda en un arco pronunciado. Su misión era establecer el primer contacto con la gente del planeta. A veces resultaba peligroso pero el riesgo valía la pena. Había trabajado un tiempo como guardia en el Casino (¿quién no?) pero por una mala relación con uno de sus superiores nunca había hecho guardias en el aire. Como sea, ahora volaba muy seguido.

El intercomunicador se activó y Gleb le dijo que veía algunos movimientos cerca y una señal de humo blanco. Loni sabía que muchos piratas usaban la señal para atraer a viajeros desprevenidos. Pasó a toda velocidad por encima del grupo y sacó algunas fotos. Hizo el descenso a unos pocos kilómetros y empezó el procedimiento para transformar la cápsula en vehículo terrestre. Una vez que terminó, verificó el mapa, recibió el okey de Gleb y aceleró a fondo.

Después de la aceleración inicial, estabilizó la cápsula y se dedicó a estudiar lo que veía por la ventana. No había nada excepto grandes extensiones de tierra rojiza. Ni una sola planta. Cuando llegó al lugar donde se juntaba el grupo que lo recibiría, sacó algunas fotos más para que Gleb las analizara desde la nave. Parecía estar todo en orden, así que apagó la cápsula, estiró los brazos y salió.

Al planeta se lo conocía como Colorado-el-36, un homenaje a uno de los juegos más primitivos del Casino. Los habitantes de Colorado-el-36 carecían de nombre y su lengua no estaba regulada por el Sistema. Había habido algunos intentos para integrarlos, pero después de los problemas en los planetas interiores cualquier avance al respecto se había abandonado por tiempo indefinido.

Loni saludó con el movimiento del cubilete y los habitantes de Colorado-el-36 lo imitaron. Uno de ellos se adelantó y escupió el piso. Después levantó un pedazo de tierra, hizo una pelotita y se llevó las manos atrás de la espalda. Loni esperó y el tipo empezó a ponerse nervioso y a mostrar los dientes. Gleb le dijo que se apurara, que parecía una cuestión ritual. Loni señaló con la cabeza y el tipo adelantó una mano y la abrió. La pelotita estaba ahí.

Cien patadas contra una columna de la nave

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

La gente festejó y Loni soltó un suspiro. Lo agarraron del brazo y empezaron a caminar entre algunos gritos y alaridos. Notó que todos tenían pasto en la espalda y decidió sacar algunas fotos más. Después de recorrer unos cientos de metros, los recibió un guardia que los condujo hasta una tienda enorme. Loni entró y lo primero que vio fue una oveja con los ojos rojos y un tipo acostado boca abajo. La oveja comía pasto directamente desde su espalda.

Sin interrumpir al animal, el tipo se presentó. Hablaba el idioma del Casino comiéndose sistemáticamente las vocales abiertas. Se llamaba Vituri. Vituri le dijo que conocía el motivo de su visita, que no eran los primeros interesados en sus juegos. Loni movió la cabeza y repitió uno de los discursos que Gleb le había hecho aprenderse de memoria. No estaban interesados en los juegos solamente. Su misión era establecer una buena relación con los habitantes del planeta para forjar una red de comercio sólida basada en compromisos de paz y entendimiento mutuo.

Vituri lanzó una carcajada, se llevó la mano a la boca y chifló. Empezó a incorporarse y la oveja se movió a un costado con un balido rasposo. Vituri fue hasta la parte de atrás de la tienda, se agachó y se puso a revolver algunas cosas. Se levantó después de unos segundos y le tiró algo. Loni lo atajó y cuando se dio cuenta de lo que era lo dejó caer con una mueca de asco imposible de disimular. Vituri le había tirado el brazo cercenado de un habitante del Casino.

Loni trató de poner la misma cara de póker que tantas veces había practicado con Gleb y le preguntó qué quería decir con eso. Vituri se volvió a reír y le dijo que no quería que perdieran más tiempo. Sabía que había mucha gente buscando juegos nuevos para el Casino y él vendería todos los secretos de su tribu por cien mil VirtuaChips.

Loni esperaba instrucciones pero Gleb no contestaba. Tosió un par de veces en el intercomunicador y Gleb por fin apareció. Le dijo que confiara en sus instintos. Loni no lo pensó más, levantó el brazo del piso y empezó a tocar la pantalla injertada en la muñeca. Necesitaba ganar un poco de tiempo. Vituri asintió satisfecho, silbó de nuevo y la oveja se le acercó. Loni aprovechó los segundos de distracción y presionó uno de los botones de su hebilla. Después lanzó el brazo a la oveja y salió corriendo entre gritos, insultos y el ruido de la carne desgarrada por las fauces del animal.

A unos metros de la tienda lo esperaba la cápsula. Se subió, aceleró a fondo y despegó sin mayores complicaciones. Había pasado todo muy rápido, y ahora que estaba en el aire se puso a hablar sin parar. “No hice el depósito, fue puro bluff eso… ¡Me iban a dar de comer a las ovejas! ¿Te acordás que me dijiste que era importante saber en qué manos jugar y en cuáles pasar, ¿no?”. Gleb no respondía.

Ya en la nave, Loni fue corriendo al estudio de su jefe y empezó a disculparse. Tal vez se había apurado un poco, pero después de leer todas las señales, no podía imaginarse ningún escenario en el que negociar con ese tipo resultara ventajoso. Gleb levantó la cabeza de su cuaderno y tardó un poco en contestar. “Perdón, Loni, ¿me decías?”. Loni no dijo nada y Gleb volvió a sumirse en su trabajo. ¡No había estado prestándole atención! ¿Y eso de que confiara en sus instintos? ¡Se lo había dicho sólo por decirle algo y no tenía idea de nada de lo que había pasado!

“¿Y de qué es el juego entonces?”, preguntó Loni después de un rato. Gleb levantó la cabeza y sonrió. Los próximos veinte minutos se los pasaría hablando sobre una idea que se le había ocurrido después de observar que en Colorado-el-36 la vegetación del planeta crecía en la espalda de sus habitantes.

“Thorny” (TNP Comics #1).
Note: Click on the image to read it.

“Thorny” (TNP Comics #1).

Note: Click on the image to read it.

“Más allá de los truenos”

Sintió una puntada en la cabeza. Colgaba boca abajo y el olor era insoportable. Había mucha niebla. Escuchó quejidos que venían desde arriba. No sabía dónde estaba. Giró la cabeza y se sobresaltó. Un reptil enorme lo miraba con los ojos en blanco y algunas moscas volaban alrededor.

Cerró los ojos. Lo despertó un trueno. Algunos segundos después sintió un pie contra la nuca. Algo lo estaba pisando. La presión cedió y empezó a sentir uno de los brazos. Después de moverlo un poco, hubo un crujido y alcanzó a soltarse. Lo primero que hizo fue tocarse la cara y se largó a llorar.

Nunca había tenido la barba tan larga. A su novia no le gustaba. Trató de pensar en ella pero las imágenes se le confundían. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Estaba cubierto por una superficie dura llena de burbujas. Reconoció el olor a madera podrida. Con la mano libre arrancó algunos pedazos y soltó el torso y el otro brazo. Se dobló para hacer lo mismo con las piernas y algo se rompió.

Cayó unos metros. Podía sentir las burbujas duras contra la espalda. Se levantó y se agarró la cintura. Cuando abrió los ojos, lo vio. Parecía un canguro pero tenía el pelo largo y muy blanco. Lo miraba a los ojos y repetía el mismo ruido mientras movía la cabeza de un lado al otro.

Lo último que se acordaba era estar manejando a la casa de sus suegros. Su novia cumplía años. Estaba llegando tarde. Después de eso, nada. El canguro se agachó y arrancó un pedazo de madera descubriendo los miembros de otra criatura. A través de la niebla pudo ver el zigzag de un relámpago. Después, un trueno.

El canguro bajaba a los saltos, cayendo sobre distintos bloques de madera podrida. Dudó unos segundos y empezó a seguirlo. No era fácil mantener el ritmo. Los truenos lo sobresaltaban y cada nuevo relámpago iluminaba el descenso con un color diferente del espectro.

En la autopista llovía. Había algo en el cielo. ¿Una luz verde? El canguro se agachaba y arrancaba madera podrida. Parecía estar buscando algo. Siguieron bajando y con el tiempo la niebla empezó a disiparse. Alcanzó a ver el final del descenso y apuró los últimos metros.

Cayó sobre suelo firme, las piernas le fallaron y se golpeó la cabeza. Se levantó y miró hacia arriba. Las formaciones cubiertas de madera se perdían entre la niebla. El canguro le apoyó una pata en el hombro y sin darle tiempo a nada le chupó la cara, limpiándole la sangre que le caía desde el costado de la frente. Después lo levantó y lo cargó sobre los hombros.

image

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

Quiso resistirse pero estaba muy cansado. El canguro corría entre una vegetación que parecía cambiar de forma, tamaño y color siguiendo el pulso dictado por el cielo. Algunos elementos se mantenían estables. Piedras, árboles, un río. Por fin llegaron a una cabaña. La cabaña permanecía más allá de los truenos.

Cuando entraron había una criatura extraña en cuclillas. ¿Se habría quedado dormido mientras manejaba? Tenía que despertarse o iba a tener un accidente. El canguro lo bajó de los hombros mientras la criatura se levantaba. En el centro del cuello tenía una cabeza angosta parecida a una botella. De los lados le colgaban dos miembros de poco grosor con pelos verdes y amarillos en las puntas.

Cuando vio que se le acercaba, intentó escapar pero el canguro lo paró en seco. Los dos miembros que colgaban junto a la cabeza de la criatura cortaron el aire y se le metieron por la nariz. Por un momento quedó ciego y sintió vibraciones que le recorrieron el cuerpo en todas las direcciones.

Se frotó los ojos y una voz empezó a hablarle. La criatura lo miraba pero no movía la boca. Los dos miembros caían flácidos entre los hombros. La voz estaba adentro de su cabeza y le decía que no había por qué asustarse, que había trabajado sobre el centro del habla y que ahora podían entenderse.

La voz le contó lo que sabía. Unas criaturas enormes bajaban del cielo y disipaban la niebla con sus alas. Secretaban un líquido con un olor penetrante y dejaban caer cuerpos inconscientes en la mezcla. Después de un rato desaparecían, el líquido se solidificaba y volvía la niebla para taparlo todo.

Le preguntó qué eran esas criaturas. Pasaron unos segundos y la voz en su cabeza le dijo que la imagen más parecida que encontró en su cerebro era la de un colibrí, pero que la escala y composición eran muy diferentes. Le preguntó dónde estaban, qué era ese lugar. La voz le dijo que no sabía, pero que los seres de abajo de las maderas venían de todos los rincones del universo.

Después de aquella luz verde, pudo olerlo. Debía ser el guiso que preparaba su suegra. ¿Pero por qué no podía abrir los ojos? La voz le dijo que le estaba hablando y que lo necesitaba ahí, que no se distrajera. Le contó que creía que estaban en un gran nido y que rompiendo la madera podrida se producían truenos que modificaban la realidad del planeta.

El canguro volvió a levantarlo por el aire y lo sentó en los hombros. Salieron de la cabaña justo a tiempo para ver a una de las aves soltar un torrente de líquido blanco y espeso en el que cayeron unos bultos de varios tamaños. El canguro gritó y alguien respondió desde algún lugar bien arriba. Se escucharon más gritos y algunos segundos después el enorme pájaro cayó a unos doscientos metros de donde estaban.

Cuando llegaron al lado de la criatura, encontraron los cuerpos destrozados de seres que parecían hombres con piel de elefante y varios brazos de color oscuro. El canguro dio media vuelta y se fue. Se quedó solo sin saber qué hacer. Se acercó al ave y notó que todavía respiraba. Quiso tocarla pero la voz en la cabeza le dijo que no, que esperara.

A los pocos minutos, el canguro llegó con el ser de la cabaña arriba de los hombros. Lo dejó en el piso. La criatura con cabeza de botella se acercó. Los pelos verdes y amarillos se movían. Como un rayo, los dos miembros se metieron por uno de los oídos del ave moribunda. Pasaron unos segundos y la voz le dijo que ahora entendía.

Los pájaros gigantes buscaban reconstruir un planeta perdido a partir de todos los mundos habitados por seres inteligentes. Las abducciones se repetían en cada rincón del cosmos. Buscaban la diferencia y cada criatura nueva modificaba las relaciones en todo el sistema. El planeta era un enorme nido neuronal en el que esperaban representar aquel mundo perdido y poder empollar el huevo que todavía no era.

Se tocó la barba. Los truenos marcaban un ritmo que no podía seguir y le dijo que sí a la voz en su cabeza. El canguro empezó a gritar. Se acercaron más hombres con piel de elefante y los ayudaron a subir el cuerpo del ave por la pared que se perdía entre la niebla. Necesitaban un poco de suerte. La voz en la cabeza le dijo que no se preocupara, que podía ocupar el tiempo comiendo el guiso de la suegra o planeando las próximas vacaciones.

La voz le contó que el canguro pertenecía a una especie que había recorrido una buena parte del universo y conocía muchas culturas. Los hombres con piel de elefante eran seres fuertes y prácticos que habían logrado colonizar galaxias enteras. Debajo de las maderas había especímenes de varios planetas y el canguro había ayudado a todos los que había podido encontrar.

La niebla se disipó unas cuantas veces hasta que por fin tuvieron su oportunidad. Cuando el líquido se secó sobre el cuerpo del ave moribunda y las burbujas reventaron, la voz se despidió con un quejido. No le dijo quién era. Los truenos se detuvieron y siguió la nada anterior al principio de las cosas.

Historias de un taxista intergaláctico - III. “Las dos rayas”

“Mirá. Yo te llevo hasta allá, pero si querés tirarte en la mesósfera voy a tener que cobrarte la vuelta. La última vez…”


Salimos del agujero de gusano y el tipo me pidió que lo deje en la mesósfera de Loj. Bajé a toda velocidad porque ya estaba cerrando el turno y el tipo abrió la puerta y saltó. Di media vuelta como para volver y se me prendió una lucecita de alarma en el tablero de la nave. No lo podía creer. El taxi no era mío, así que no podía arriesgarme. Tenía que encontrar un taller mecánico.

No sé si alguna vez estuviste en Loj. Los lojinos son los tipos más asquerosos de la zona este de la galaxia. Son telépatas y pansexuales. Cualquier género de los cientos reconocidos por la federación les viene bien, así que siempre te están hablando con una, dos y hasta tres manos en la verga y saben lo que pensás en todo momento.

Me acerqué a un tipo de tránsito y me señaló con una mano mientras con las otras tres se tocaba. Me había alcanzado con pensar la pregunta para que el lojino me respondiera, pero me olvidé de pensar en agradecerle y el lojino escupió una flema naranja desde una de sus bocas laterales y me mandó a cagar pronunciando las palabras en un galáctico bien cerrado.

image

(Ilustración de Ariel Díaz)

Hice algunas cuadras en la dirección que me había indicado el tipo de tránsito y por fin lo encontré. El taller tenía en la entrada uno de esos muñecos inflables que se mueven con el viento. Entré y un nuevo lojino en cuero y con unos jeans muy sucios salió a recibirme. Pensé en la lucecita de mierda que se había prendido en el tablero y el mecánico asintió. Salimos y fuimos hasta donde estaba la nave.

El lojino se agachó para revisarla y se le vieron las dos rayas del culo. No pude evitar reírme y el mecánico se dio vuelta y me mandó a cagar. Parecía que mandarme a cagar se había hecho costumbre en Loj. Pensé en pedirle perdón pero el tipo no quería saber nada, así que pensé en una mujer que no existía y en unos hijos que nunca tuve, en cómo me esperarían para comer y cómo lloraría el bebé y el lojino cedió un poco, terminó el laburo y dejó el taxi como nuevo. Igual me rompió el orto, eh.

Las vueltas de un perverso - “El avioncito”

Estaba acostado en la cama y tenía la cara hinchada y llena de moretones. Hablaba despacio y terminaba cada frase con un silbido. Le dije que no me explicara qué es la vorarefilia, que yo después lo aclararía en el artículo. Era importante que se concentrara en el relato.

Me contó que se había comprado un combo Whopper en Burger King. Se sentó en el patio de comidas y se puso a comer la hamburguesa. Tenía hambre. No estaba pensando en nada en particular cuando escuchó a una madre hacer el avioncito.

A unas mesas de distancia, el bebé escupía la cuchara y la madre puteaba con el pantalón y la remera llenos de yogurt. La madre no se rendía y seguía intentando. Por fin el bebé empezó a comer.

No fue la madre la que pegó el primer grito. Una señora en otra mesa lo vio con la pija al aire y llamó a un tipo que debía ser la pareja o tal vez un amigo. El tipo le pateó la mesa con fuerza y lo tiró al piso. Había papas fritas por todos lados y al caer se le hizo un pequeño corte en el glande.

Se juntó más gente alrededor y empezaron a patearlo. Un guardia quiso pararlos pero le dijeron que el tipo era un enfermo y se lo merecía, que se había estado masturbando mirando a la madre con el bebé. El guardia se corrió a un costado y le siguieron pegando. La mamá del bebé estaba histérica.

La vorarefilia es un tipo de parafilia en la que el sujeto se calienta ante la sola idea de algo o alguien comiendo o siendo comido por algo o alguien más. Mujeres gigantes que comen hombres, serpientes que comen hámsters o dinosaurios que comen abuelos, la combinatoria es infinita.

Terminó en el hospital con la cara deformada y varias costillas rotas. Tardó una semana en poder hablar de nuevo. “Era el avioncito”, dijo. “Imaginate una de estas naves llenas de pasajeros ser engullida por un bebé gigante. Vos también te hubieras masturbado, ¿no?”.

El carnicero atlante - VI. “La tercera abertura”

El viejo se movía como una anguila. El carnicero iba atrás y le costaba mantener el ritmo. Por fin el viejo dejó de nadar. Habían alcanzado una pequeña sala con tres aberturas en la parte posterior. El viejo le preguntó cuál había sido su crimen y el carnicero no respondió. El viejo asintió y le dijo que no importaba, que mirara hacia adelante y que tanto el tiempo como el espacio eran curvos.

El carnicero lo miró con cierto recelo y el viejo empezó a contar su historia. Él también había sido condenado a muerte y había logrado sobrevivir junto a sus dos hermanos. Cerca de la costa había perdido uno de los brazos, arrancado por una gaviota negra de vetas verdes. El otro se lo había llevado el calamar gigante a las profundidades de la laguna interior.

El viejo hizo una pausa, señaló con la cabeza las tres aberturas y siguió hablando. Sus hermanos lo cuidaron y protegieron hasta que aprendió a nadar como una anguila. Cuando llegó el momento, decidieron que los dos atlantes sanos seguirían su camino a través de las dos primeras aberturas. Si no volvían, algo habría salido mal y él debería recomendarle a cualquier visitante nuevo seguir la tercera.  

El carnicero entrecerró los ojos. Había algo en el viejo que no le gustaba. Se acercó a la abertura y entró. Estaba oscuro. Dejó al viejo atrás y trató de acostumbrarse al nivel de luz. Nadó un rato y en un momento creyó distinguir un pequeño pez carroñero. Trató de retroceder pero ya era tarde. Dos mantarrayas vampiro se levantaron del suelo y comenzaron a nadar a su alrededor. No podía dejar que lo abrazaran, las mantarrayas lo mantendrían paralizado hasta chuparle toda la sangre y los peces carroñeros devorarían su cadáver.

La primera mantarraya lo atacó y alcanzó a evadirla con un giro. Aprovechó el movimiento para darle una patada en el lomo y estrellarla contra la pared de la abertura. La segunda mantarraya lo atacó y logró abrazarle la otra pierna. Lanzó un alarido. La sangre que brotó de la pierna excitó a los peces carroñeros. Fue ahí que lo vio. El viejo atlante al que le faltaban los dos brazos se acercaba a toda velocidad mostrando los dientes en una mueca espantosa.

Era una trampa. La historia de las tres aberturas había sido sólo un truco para poder devorarlo. El carnicero no sentía la pierna y el efecto había comenzado a propagarse por el resto del cuerpo. Sin pensarlo demasiado, se dobló hacia adelante y arrancó con los dientes la cabeza de la mantarraya. La presión en la pierna cedió y con el brazo derecho tomó al animal del lomo. Alcanzó a moverse a un costado y el viejo le arrancó un buen pedazo de carne del hombro izquierdo con una feroz dentellada. 

Cuando el viejo lo volvió a atacar, usó la mantarraya para tomarlo del cuello. El viejo mordisqueba con violencia y el atlante apretó el cuerpo sin vida del animal tratando de que las toxinas fluyeran de nuevo por la parte blanda. Poco a poco los mordiscones se detuvieron, pero no la mueca ni la intensidad en la mirada del viejo atlante. El carnicero usó el brazo izquierdo para tomarlo de la nuca y con tres cabezazos logró borrarle para siempre aquella expresión en el rostro.

Antarctic Glitch - Intro

Nota: Antarctic Glitch (Beavl + Ruppel) es un juego que hicimos en 72 horas para el Ludum Dare 27, una competencia de creación de videojuegos. El tema de esta edición era “10 segundos”. Se puede jugar gratis ACÁ.

El doc realizaba algunas investigaciones en física cuántica cuando el gobierno lo encerró en un manicomio. Nunca supo bien qué sabían sobre su trabajo, pero debían considerarlo una amenaza.

image

Un día un grupo comando atacó el manicomio, lo liberó de la camisa de fuerza y subió a un helicóptero, a un barco y finalmente a una avioneta. Así llegó a una base secreta en la Antártida donde le permitieron seguir con sus investigaciones.

image

En la Antártida descubrió un glitch en el tejido espacio-temporal y cuando empezaba a estudiar las implicancias del hallazgo, un nuevo grupo militar atacó la base. Hubo una explosión en el laboratorio. El doc voló por los aires y quedó acostado sobre los escombros.

image

Escuchó gritos y a alguien que pronunciaba su nombre. No podía volver al manicomio. Se levantó y empezó a correr, notando que algo había cambiado. Los soldados dispararon y él respondió.

image

“La pierna fue sólo el principio”

En la casa de Mariano estaban todos. Hablaban de las inundaciones en Buenos Aires, de las víctimas y de distintas historias que habían leído en blogs y feeds de facebook y twitter. En un rincón habían ido juntando las botellas de vino vacías. Mariano avisó que no había mucho hielo y preparó una jarra de fernet con Pepsi Max. Facundo gritó la palabra “sacrilegio” y todos se rieron menos Lena, una sueca que había venido a Buenos Aires para el Festival de Cine y para escaparse de su madre.

Dalia le dijo algo en el oído y Lena se rió haciendo un ruido raro. Facundo las miraba hacía un rato y notaba que Dalia le tenía ganas a la sueca. Lena tenía la cara redonda y el culo de un tamaño justo, probablemente lleno de pozos. Tenía dos tetas enormes y era muy blanca. Facundo agarró la jarra de fernet, llenó algunos vasos y contó la historia del serpentario. Dijo que había leído una nota en la que afirmaban que un buen número de serpientes venenosas se había escapado por la inundación y los vecinos de San Martín estaban aterrorizados.

Dalia se tocó una teta cuando escuchó la palabra “serpientes” y le dijo a Lena que hiciera lo mismo. Como Lena no entendía, le agarró la mano y estrujó la teta izquierda explicándole que era para evitar la mala suerte. Todos festejaron la escena y siguieron tomando un buen rato. A eso de las tres de la mañana, Facundo se acercó a Dalia y le dijo que si quería podían ir a su casa. Dalia miró a Lena y Facundo se apuró en decir que también podían llevarla y que no había excusas para decirle que no. Dalia y Facundo ya habían cogido varias veces. 

Facundo manejó como pudo mientras Dalia le metía la mano a la sueca adentro del jean. Ni bien se bajaron del auto, la sueca se dobló en dos y vomitó con fuerza. Cuando se levantó, sonreía. Una vez adentro de la casa, Facundo les preguntó si querían tomar algo y Lena dijo que no. Dalia no paraba de manosearla y Facundo le dijo que la llevara al cuarto y aprovechó para ir al fondo. 

Cuando volvió, Dalia le estaba mordiendo los pezones a Lena y trataba de desabrocharle el pantalón. Facundo se quedó mirando al lado de la puerta. Dalia se sacó la bombacha y se le sentó en la cara obligándola a chupar. Lena levantó la cabeza de golpe gritando algunas palabras en sueco y Dalia cayó hacia un costado. De la cama salió reptando una serpiente. Facundo agarró la pierna de Lena y señaló la mordedura en el tobillo. Recordaron la historia del serpentario y empezaron a gritar.

Facundo salió corriendo de la habitación y volvió con un hacha de cocinero en alto. Dalia se levantó y le preguntó qué carajo hacía y Facundo le dijo que no podían dejar que el veneno se propagara y que tendría que ayudarlo sosteniendo a la sueca. Dalia estaba un poco mareada y no sabía bien qué pensar así que agarró a Lena del cuello tratando de mantenerla quieta. La sueca empezó a retorcerse llorando histéricamente y alcanzó a sacar la pierna en el último momento. Facundo pegó un primer hachazo en la cama.

Le dio el hacha de cocina a Dalia y le dijo que él la inmovilizaría. Agarró a la sueca del cuello y la cintura mientras Dalia sostenía el hacha y temblaba. Facundo le gritó que se apurara, que si el veneno se propagaba, Lena iba a morir. Dalia dudo unos segundos y finalmente bajó el hacha con fuerza justo abajo de la rodilla. La sueca soltó un alarido y se desmayó por el dolor. Facundo volvió a insistirle con que no había tiempo y Dalia pegó otro hachazo llorando. Y después otro. Y otro.

Finalmente lograron separar la pierna del resto del cuerpo. Facundo hizo un torniquete torpe con la sábana mientras Dalia se agarraba la cabeza y lloraba en silencio. A los cinco minutos, Lena estaba muerta. Había perdido mucha sangre. Facundo se acercó a Dalia y la abrazó, hamacándola suavemente. Le repitió varias veces que había sido muy valiente en hacer lo que hizo y que no tenía nada que reprocharse. Dalia se fue quedando dormida en sus brazos. Facundo la recostó y se fue al fondo. Encontró la serpiente y con una sonrisa la devolvió a su terrario.

Llegaron con los tsunamis - III. “Gritos desde los pisos inferiores”

Asil no necesitaba comida y cambió algunas de sus revistas de sopa de letras por una buena cantidad de bolsas de plástico. Si quería sobrevivir entre los edificios, no podía dejar que su piel tocara el agua. Las criaturas que llegaron con los tsunamis podían localizar un cuerpo sumergido y arrastrarlo a las profundidades en muy pocos segundos. 

Asil desconfiaba de Carlos. No sabía bien por qué, pero quería escapar del edificio Kanshar y probar suerte en alguna de las torres que todavía se mantenían fuera del agua. Mientras volvían sobre sus pasos, escucharon unos gritos que venían de los pisos inferiores. Carlos le pidió que lo siguiera y Asil dudó un segundo. Al final decidió acompañarlo. Si aparecía solo en la terraza resultaría sospechoso y recordó que Jackson tenía un arpón.

Bajaron por la escalera varios pisos y una mujer que lloraba desconsoladamente les cortó el paso. Carlos le pidió que se tranquilizara pero la mujer siguió gritando. Sus dos hijos habían desaparecido. Carlos puteó, empujó a la mujer a un costado y siguieron bajando. Cuando llegaron al piso 28 apareció un hombre y Carlos levantó la mano. El hombre recibió el cachetazo sin sacar la cara y después le pidió que lo escuchara. Los chicos no habían atravesado el puesto de control. No sabía cómo, pero los tentáculos se los habían llevado desde alguno de los pisos superiores.

Asil se adelantó y dijo que había escuchado algo parecido en otro edificio, que algunas criaturas parecían contar con tentáculos larguísimos o con ciertas capacidades elásticas y que deberían revisar los sistemas de ventilación. Se escuchó un nuevo grito. La madre de los dos niños desaparecidos los había seguido hasta el puesto de control. Carlos le indicó al guardia que llevara a la mujer a los pisos superiores. Antes de ser arrastrada por la escalera, la madre volvió a gritar mirando a Asil a los ojos, como implorando algo.

Asil tomó a Carlos del hombro y le pidió un cuchillo. Le dijo que mientras ellos revisaban los sistemas de ventilación para encontrar por dónde se habían metido los tentáculos, él traería a los dos chicos. Carlos movió la cabeza de un lado a otro y le dijo que no quería perder a nadie más, que un minuto no le alcanzaría para nada. Asil sonrió y estiró la mano. Con el cuchillo en la boca, bajó la escalera y se sumergió en el agua.

Llegaron con los tsunamis - II. “Apenas un minuto”

En la terraza lo esperaban cuatro personas, tres hombres y una mujer. Uno de los hombres lo apuntaba con un arpón. El más bajo de los tres se acercó y le preguntó cómo se llamaba. Asil pronunció su nombre, dejó la mochila en el piso y estiró la mano. El hombre más bajo sonrió pero no acercó la suya.

La mujer agarró la mochila. Cuando Asil quiso adelantarse para evitarlo, el hombre que sostenía el arpón le dijo que se quedara quieto. La mujer revolvió la mochila e hizo un gesto afirmativo. El tercer hombre se acercó y lo palpó. Le sacó la navaja suiza de uno de los bolsillos y después se alejó.

El hombre más bajo le pidió disculpas. Le dijo que ya no se podía confiar en nadie y se presentó. Se llamaba Carlos. El del arpón era Jackson, el que lo cachó, Saito, y la mujer, Akemi. Akemi era quien lo había amenzado con tirarle un microondas por la cabeza. Carlos le pidió a Asil que juntara sus cosas y le dijo que lo siguiera. Akemi, Saito y Jackson se quedaron arriba cuidando la terraza.

Adentro del edificio todo olía a humedad. Carlos le contó que había agua hasta el piso 27. Quedaban ocho pisos secos en los que vivían más de sesenta personas. Se metieron en un cuarto y Carlos abrió la heladera con una llave que llevaba colgada al cuello. Le dijo que había comida para cambiar por otras cosas y que podía quedarse y trabajar. Después le preguntó cuánto aguantaba abajo del agua.

Asil mintió y dijo que apenas llegaba al minuto. Todo su cuerpo se tensionó pero Carlos pareció no notarlo. Extrañaba su navaja suiza y sabía que no se la devolverían hasta que abandonara el edificio. Asil trató de relajarse y preguntó si había criaturas en los pisos inundados. Carlos se rió y movió afirmativamente la cabeza.

El carnicero atlante - V. “Unos peces blancos y enfermizos”

El gorila albino caminaba algunos metros adelante. La luz se colaba por intersticios que parecían demasiado regulares como para ser producto de la acción natural. A medida que avanzaban, el aire se volvía más húmedo y los músculos del atlante se fortalecían. Por fin llegaron a una enorme bóveda en la que corría casi en silencio un río subterráneo. El agua entraba por una abertura bastante grande en un extremo de la bóveda y salía por otra del mismo tamaño en el lado opuesto.

Algunas medias calaveras descansaban junto a la entrada de la bóveda. El gorila albino se golpeó el pecho y sostuvo la mirada del atlante unos segundos para luego desaparecer por el camino que los había llevado hasta ahí. El atlante se acercó a la orilla con cuidado. Sabía que por una de las aberturas había entrado el cangrejo gigante y había visto en los ojos del gorila el terror que le producía aquel lugar. 

Se sumergió en el río y decidió dejarse llevar, atento a cualquier movimiento. El contacto con el agua le trajo algunos recuerdos que prefirió callar. Como el río corría lentamente, empezó a nadar y fue consciente del poder de sus extremidades. Avanzó durante veinticinco minutos sin mayores complicaciones hasta que de repente el río empezó a arrastrarlo cada vez con más fuerza. El atlante sabía que el río se transformaría en una cascada y se preparó para lo peor.

Cayó unos diez metros y a los pocos segundos sacó la cabeza del agua para ver dónde estaba. Después de la cascada, el río se transformaba en una especie de laguna interior. La bóveda era mucho más amplia que la anterior y no tenía salida. La luz llegaba desde muy arriba y apenas iluminaba la superficie del agua. Una pila de huesos se juntaba en la única orilla de la laguna. En la pared junto a los huesos había algunos rasguños.

image

(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)

Volvió a sumergirse y notó que el agua era más cálida cuanto más bajaba. Los peces que lo rodeaban eran blancos y enfermizos. Ninguno mostraba signo alguno de agresividad ni escapaban cuando se les acercaba. De repente, algo pasó muy cerca de su pecho para luego volver a las profundidades tan rápido como había aparecido. Sin perder un segundo, el atlante nadó hasta una de las paredes de la laguna alejándose del centro donde casi lo alcanza el tentáculo de un calamar.

Mientras buscaba algún tipo de abertura en la que esconderse, escuchó una voz. Solamente otro atlante podría llamarlo debajo del agua e instintivamente cerró los puños. La voz le indicaba seguir algunos metros hacia su derecha y otros tantos hacia abajo. No quería enfrentarse al calamar así que decidió hacerle caso y encontró la abertura. En la entrada lo esperaba un tipo viejo al que le faltaban los dos brazos y sonreía con timidez.